Este texto está sacado
del libro L’education maternelle dans l’école (1886) de Pauline
Kergomard y trata sobre la forma correcta de preparar una clase infantil.
Pauline Kergomard
(Burdeos, 1838-1925) era una maestra laica y republicana, pese a ser hija de un
pastor protestante. Escribió (y dirigió más tarde) para L’Ami de l’Enfance, que
era la revista de las salas de asilo. En 1881 fue nombrada inspectora general
de las escuelas maternales. Dedicó cuarenta años de su vida a la educación
maternal y asumió un papel fundamental en la creación del sistema educativo
francés.
Madame Kergomard
criticaba lo que ella llamaba la “educación homicida”, que “mataba” el espíritu
de los niños. Creía que tanto “las pequeñas sorbonas”, que atosigaban a los
alumnos con unas enseñanzas que no estaban preparados para recibir como las
“cárceles” donde las maestras eran mas guardias que enseñantes y primaba la
obediencia al aprendizaje eran profundamente dañinas para los niños. Creía que
la educación debía imitar en cierta medida los cuidados de una madre abnegada,
que ama a su hijo sin consentirlo, humillarlo ni forzarlo a aprender cosas para
las que no está listo y que, por encima de todo, quiere lo mejor para él. “El
amor hacia los niños, el verdadero, el único digno de ese nombre, es al
principio un sentimiento, nadie lo niega; pero es también una ciencia: cosa de
la que pocas personas parecen darse cuenta.” Escolarizar, socializar,
enseñar y ejercitar eran las bases sobre las que consideraba que debía
construirse la educación.
También le daba mucha
importancia a la preparación de las lecciones. Para Kergomard una clase siempre
ha de estar trabajada, no se puede dejar nada a la improvisación (“no se
puede, pues, inventar ex abrupto una lección semejante”). El maestro ha de
consultar todas las obras y fuentes posibles referentes al tema que impartirá,
debe adecuar el vocabulario a la edad y capacidades de sus alumnos, prever
todas las preguntas y preparar varios ejemplos. A ese exhaustivo método de
trabajo Kergomard lo llamaba “conciencia
del estudio” (“semejante trabajo supone, no solamente ese deseo de hacer
bien las cosas que yo llamaría la <<conciencia del estudio>>, sino
también un amor paciente y desinteresado a la verdad, y un sentimiento profundo
de la necesidad de alejar todo error del espíritu naciente de los niños”).
Comenzará primero
realizando un plan, para que tenga un cierto orden a la hora de exponer su
discurso y a continuación preparará y comprenderá cada una de las partes para poder seleccionar que es lo más
relevante. Además, “es preciso prepararla con bastante seriedad para que
todo lo que es verdad científica se haya convertido en convicción en el
espíritu de la maestra, […] para que pueda ponerse al alcance de su pequeño
auditorio, cautivarlo por la originalidad de la exposición, por la variedad de
ejemplos, por el interés de las anécdotas”; es decir, la maestra debe
comprender y adaptar cada parte del plan.
Resulta encomiable que
madame Kergomard planteara esas teorías educativas en aquella época tan
“oscura”, tan poco preocupada por el desarrollo infantil de los más
desfavorecidos y con tan poco trabajo previo sobre ese tema. Demostraba así que
a la hora de trabajar con niños a veces lo más importante es la intuición. Ella
misma había sufrido las consecuencias de una educación poco adecuada: huérfana
de madre, con una mala relación con su madrastra, enviada a vivir con sus tíos
durante su adolescencia… Sin embargo
supo sacar lo mejor de su entorno, como las bases de la pedagogía de la escuela
de su tía o la moral aprendida de su padre y su tío, que eran pastores.
Sería perfecto que en
todos los centros educativos se usaran teorías basadas en el sistema creado por
madame Kergonard, pero lamentablemente hoy por hoy eso parece una utopía.
¿Se parecen los colegios
de hoy a los recomendados por madame Kergomard? Han adoptado cosas, como los
grupos separados por edades y reducidos en lo posible, los temarios adaptados a
la edad del alumno o los muebles propios a su tamaño, pero aunque se utilice
parte de la metodología desarrollada por Pauline Kergomard los maestros normalmente no emplean la
conciencia del estudio.
Esta metodología que
parece idónea, no solo para las clases infantiles sino para cualquier
circunstancia en la que haya que comunicar algo con precisión es, en muchos
casos, inviable ya que las
circunstancias impiden la adecuada elaboración de las lecciones a enseñar.
A pesar de que hoy las
aulas tengan a los niños separados por edades y en grupos medianamente
reducidos, tal como proponía Kergomard,
la preparación de los temas a enseñar no puede ser tan exhaustiva como
ella planteaba. Los maestros no pueden ser las madres abnegadas que pretendía
Kergonard, ya que se encuentran con grandes trabas: la falta de tiempo, las
exigencias de padres y superiores, el temario marcado… Sin olvidar el hecho de
que los docentes son personas que trabajan un número pactado de horas a cambio
de un sueldo, con su propia vida personal que también requiere tiempo y
esfuerzo. Pocos maestros pueden prepararse las clases de la forma propuesta por
madame Kergomard y menos son los colegios que le dan a ese tema la importancia
que ésta le daba y faciliten ese trabajo tan vasto.
Sin embargo, y dentro de
las limitaciones marcadas por las circunstancias, un maestro debería siempre
usar la conciencia del estudio ya que una lección árida, incompleta o
incomprensible, y las preguntas sin respuesta pueden ser desmotivadotas para el
alumno. A pesar de que no se pueda llegar al extremo ideal buscado por
Kergonard siempre se puede tratar de
preparar y amenizar las lecciones, empatizar con los oyentes y hacer la clase
interesante y enriquecedora.
“Sí, eso llevará
tiempo, pero hay que hacer la distinción entre el tiempo empleado, ocupado, y
el tiempo perdido” Pauline Kergomard, L’education maternelle dans
l’école (1886).
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